Iniciamos y concluimos nuestro Décimo Coloquio con el triste sentimiento por la ausencia, ya irreversible, de lo mejor y más representativo de tres generaciones de cervantistas. Y ya no pudimos hacer más que dedicarles un in memoriam, que, empero, nos sabe a poco por lo mucho que les debemos.

Y Stefano Arata. Muy personalmente he sentido su desaparición como si me dieran con un puñal en el corazón. Al grato recuerdo de su deferente gesto de dedicarme su primer estudio sobre La Jerusalén, se une la circunstancia de haber sido, yo creo, el último del círculo de cervantistas que habló con él antes de su muerte. En la preparación del Coloquio él era nuestro enlace con Roma, y pocos días antes de su trágico fin habíamos comido juntos en un restaurante típico del Trastevere, que él conocía tan bien, y entre unas “carciofi alia giudaica” y unos “gnocchi alia romana” tratamos varios problemas relativos a Cervantes y a las veleidades de los editores caprichosos de sus textos. En la sobremesa me dijo, textualmente: “Este mes de julio lo pasaré en la playa de Roma y me voy a saciar del Mediterráneo”. A los pocos días supe que el Mediterráneo no aceptaba estos desafíos. Comprenderéis CERVANTES EN ITALIA. Cubierta anterior y primeras ahora por qué digo que la noticia de su muerte fue como un puñal en mi corazón.

La gente de mi tierra, que es muy filósofa, suele dar el pésame a los parientes del difunto con un “Que podamos rezar muchos años por él”. Así también os digo, amigos del alma, que por muchos años podamos recordar a los tres amigos y maestros con el mismo cariño y la misma admiración que siempre se merecieron.

José María Casasayas

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