Iniciamos y concluimos nuestro Décimo Coloquio con el triste sentimiento por la ausencia, ya irreversible, de lo mejor y más representativo de tres generaciones de cervantistas. Y ya no pudimos hacer más que dedicarles un in memoriam, que, empero, nos sabe a poco por lo mucho que les debemos.

Conocí a Ted Riley en su propia cátedra de Edimburgo, en ocasión de un viaje profesional que tuve que hacer a Escocia, hará ya, quién sabe, acaso treinta años. El tiempo va borrando los números pero no puede con el emocionante, para mí, recuerdo de aquel encuentro. Su amable trato y exquisita caballerosidad ya empezaban a ser proverbiales y yo acabé por confirmarlas de lleno con la acogida que me dispensó y la atención que prestó al proyecto, incipiente entonces, de la Asociación de Cervantistas, de la que luego fue uno de los primeros animadores y socios activos y de la que nunca se alejó. Conservo sus cartas, breves, pero siempre cariñosas y precisas, con especial cariño. Y creo que estaréis conmigo si digo que fue siempre uno de los más queridos y respetados por su saber y su cálida humanidad.

José María Casasayas