A José María Casasayas lo conocí en 1997, en un congreso cervantino que hubo en Menorca, y desde entonces he compartido con él muchos otros congresos pero también muchos momentos de amistad que su generosidad, tan desinteresada como entrañable, ha sabido siempre dispensar a todos los que nos hemos acercado, en su momento, a aprender de su entusiasmo y de esa pasión suya por el cervantismo.

Abogado, bibliófilo y, sobre todo, amigo de Cervantes y de todos los cervantistas, fue siempre un trabajador infatigable y con una vocación tan grande que muchos de los que lo hemos conocido seguimos sin poder creernos todavía que este amigo, cervantista de corazón, se nos haya ido sin siquiera haber visto los comienzos de este cuarto centenario del Quijote, que con tanta ilusión había empezado a preparar no hace muchos meses.

Este XI Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas fue una de las grandes ilusiones de José María y, por supuesto, de todos los hispanistas coreanos que esperábamos no sólo al inmortal Cervantes sino también a él, a José María Casasayas, el amigo y compañero de trabajo que con su habitual optimismo, y desde noviembre de 2003, hizo lo posible e imposible por trazarnos el camino que debíamos seguir para que su celebración pudiera tener la valía que su nombre y su buen hacer suscitan en todos los que hemos tenido la fortuna de haberlo conocido de cerca.

A él y a su generosidad quisiera que dedicáramos este coloquio y estos momentos, para, en nombre de todos los que estamos aquí, darle las gracias por haber sido ese gran hombre y maravilloso cervantista que supo traer a Asia a aquel que ni el emperador de la China pudo convencer hace ya cuatrocientos años.

Adiós, amigo José María. Descansa en paz.

Chul Park