Isaías Lerner

In memoriam Isaías Lerner, maestro ejemplar

El martes 8 de enero de 2013 murió en la ciudad de Nueva York Isaías Lerner, Profesor Distinguido de la Escuela de Graduados de la City University of New York. Lerner, así lo llamábamos sus alumnos, había nacido en Buenos Aires el 13 de marzo de 1932 en el seno de una familia judía que se había afincado en la Argentina hacia principios del siglo pasado, procedente de Rusia. En su cuidad natal cursó sus estudios de licenciatura en el Instituto Amado Alonso de Buenos Aires. La vuelta del exilio en 1955 de un selecto grupo de brillantes investigadores argentinos marcará su perfil y trayectoria académica. Con dos discípulos de Amado Alonso, Ana María Barrenechea y Marcos Morínigo, se introdujo en el estudio de Cervantes y de la épica americana. María Rosa Lida lo inició en los estudios sobre la picaresca. Ángel Rosenblat y Rafael Lapesa, le inculcaron su pasión por la lexicografía y la historia de la lengua. Y de la mano de Borges, aun a costa de postergar su licenciatura, se iniciaría simbólicamente su periplo anglosajón, abonando la práctica de “conceptos fundamentales de una teoría general de la escritura” y el gusto por la recuperación de autores que no siempre formaban parte del canon. Tan selecta formación sólo podía augurar una brillante carrera profesional que se iniciaría en la cátedra de Latín e Historia de la Lengua de la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de Buenos Aires y culminaría en el Centro de Graduados de la City University of New York.Allí, a principios de los noventa empezó mi relación con Lerner. Al aterrizar en Nueva York, recién llegada de mi provinciana Zaragoza, me sorprendió que el Executive Officer del Graduate Center de CUNY no diré que me invitara a almorzar sino que me acompañara hasta la residencia de Estudiantes en la que viviría en los años sucesivos. Así era Lerner: cosmopolita pero también cercano, sensible con el miedo atroz de una recién llegada con cara de pájaro asustado, como me decía. Nunca nos explicábamos de dónde sacaba tiempo para dedicar la sobremesa a sus estudiantes, alrededor de un postre compartido y en compañía de una amena conversación sobre los temas más variopintos. Decía de sí mismo que hablaba con las piedras. Y era verdad. Era un gran conversador, dotado de un fino sentido del humor, capaz de reírse hasta de su sombra. Y si era generoso con su tiempo, se mostraba aun más liberal con el saber. Cuando a mediados de los años noventa pasó un año como visiting professor en Dartmouth College me propuso que trabajáramos en una edición del Persiles. Con todos los tropiezos imaginables de una inexperta en esas lides, yo leía la princeps y él puntuaba el texto y marcaba aquello que había que anotar en el soporte en papel. Rara vez enmendaba, y cuando lo hacía dejaba constancia en nota a pie de página con frases del tipo “en la princeps, por errata evidente de…” lo que fuera. Era respetuoso en extremo y aun escrupuloso con el texto, porque estaba convencido de que las limitaciones de comprensión provenían del lector y muy rara vez del autor. Ni siquiera se salvaron de este dictum los dichosos anacolutos, que tanto le gustaban. Su actitud hacia la lengua de Cervantes era cercana a la de un orfebre, decía Juan Diego Vila. Cincelaba cada pieza hasta conseguir que el todo armonizara a la perfección. Pero también tenía algo de detectivesco. No se rendía hasta haber agotado el rastreo de todas las posibilidades, y ahí está esa nota sobre las algarrobillas que no me dejará mentir. Creía posible entablar un diálogo entre dos épocas sin necesidad de renunciar a ninguna, reivindicando la multiplicidad de sentidos, con el propósito de recuperar, para la actualidad, la novedad que los textos tuvieron para sus primeros lectores. Sentía autentica fascinación ante la posibilidad de comprender las coordenadas en las que se gestó la lengua en una época. Y esta fascinación la contagiaba. Te dejabas seducir por sus apacibles lecciones sin oponer resistencia. Aquella experiencia intelectual se convirtió en un peregrinaje a la biblioteca de Dartmouth. Y en una de tantas idas y venidas descubrió, como en los cuentos de Borges, que en la torre de la biblioteca había miles de librillos de pequeño tamaño. Muy suelto de prejuicios les sacudió, literalmente, el polvo y fue descubriendo, con suma paciencia, una inmensa colección de obras de teatro españolas, desconocida y sin catalogar (unas quince mil, de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera del XX). Sólo a un olfato entrenado en buscar entre los tomos de la Patrología Latina, como era el de Lerner, se le podía ocurrir curiosear en aquella sala cubierta por el polvo del olvido, y sacar a la luz lo que ocultaban las mugrosas tapas de aquellos librillos. La colección sigue ahí aunque algo más desempolvada.Su pasión eran los libros. Era cierto. Pero el libro que mejor supo leer fue el de la vida. Cuando estaba a punto de terminar mi tesis sobre el Persiles me abordó una mañana por el pasillo de la Universidad y me espetó que me buscara otro director. Le acababan de diagnosticar un cáncer de páncreas. Pero peleó y ganó la batalla como él sabía hacerlo: con valentía y paciencia ante la adversidad. Peleó con la misma firmeza y decisión que defendió la excelencia de un Programa Graduado que rescató de la mediocridad, y que él elevó al nivel de las universidades de elite. Durante los años de su etapa como Executive Officer del Graduate Center por allí desfiló lo mejor de la academia internacional y de la creación literaria. Muchos fuimos los que nos beneficiamos de esta labor cultural cuya amplitud de miras iba más allá de la rutina de las aulas, porque a Lerner el salón de clase se le quedaba pequeño. Esta misma amplitud de miras rige su trayectoria de investigador infatigable. Su curriculum responde a una pluralidad de inquietudes intelectuales cuyo hilo conductor es trazar puentes entre el presente y el pasado, España y América o la alta y la baja cultura, bajo la atenta mirada de una obsesiva perfección, no exenta de cierta modestia. Si no fuera por su inclinación cosmopolita se diría que concibe la obra a modo de la Edad Media, como una obra abierta, en la que cada revisión la perfecciona. Por eso vuelve una y otra vez sobre sus pulcras y cuidadas ediciones a sabiendas de que no son definitivas y que sólo la constante revisión las autoriza. Su polifacética personalidad acogía tanto el elitismo como la defensa sin concesiones del derecho a la educación de calidad para todos, incluidos los más desfavorecidos, convicción que llevó a la práctica sin tregua. Y de la misma forma su magisterio no se conformó con la faceta de profesor competente o de investigador brillante. Guiaba a sus alumnos. Les enseñaba, como el maestro artesano, a aprender bien el oficio, ocupándose de lo divino pero también de lo humano.No pretendo con esta nota señalar sus méritos académicos y profesionales, que son muchos y sobradamente conocidos. Tan sólo he querido expresar mi profunda gratitud a un ser humano excepcional a quien tuve la suerte de conocer para rendir un modesto homenaje a su memoria, y con quien tengo una inmensa deuda. El último postre que quise compartir con él, unos mazapanes de soto, no llegó a tiempo. La muerte fue más diligente que las perezosas sacas de correos. Murió acompañado de Lía y de Bettina. “Dio el alma a quien se la dio/(…) que, aunque la vida perdió,/ dejónos harto consuelo su memoria”. Vaya para ellas todo mi cariño y el agradecimiento debido al maestro ejemplar.

Isabel Lozano Renieblas, Dartmouth College